miércoles, 22 de febrero de 2012

La revista Ventana Abierta de la Universidad de California Santa Barbara publica reseña sobre novela de Hemil García.


La revista Ventana Abierta de la Universidad de California Santa Barbara publica reseña sobre novela de Hemil García.

El profesor de literatura Miguel Arana, ha tenido la gentileza de hacer la primera reseña de tipo académica sobre mi libro Sesenta días para abandonar el país. No he tenido la fortuna de conocerle pero le he escrito para agradecerle y con su permiso procedo a publicarla junto a un fragmento de mi novela. Cabe mencionar que las revistas Aurora Boreal (Dinamarca) y Literal Magazine (USA), asimismo, mencionan mi novela y la reseña respectiva en ediciones recientes(Feb 2012.


García Linares, Hemil. Sesenta días para abandonar el país. Lima: Vagón Azul Editores, 2011.Sesenta días para abandonar el país nos narra las experiencias de un peruano de clase media baja y con estudios en periodismo; se trata de Gerardo Gómez, quien se ve obligado por las circunstancias a trabajar como vendedor de tarjetas de crédito y préstamos para un banco extranjero en la capital del Perú, Lima. Su situación no es nada sui generis en la tres veces coronada villa, sino que es idéntica a la de miles de personas con educación superior, profesionales graduados e incluso con estudios de post-grado dedicados a recorrer las calles a diario, ya sea manejando uno de los innumerables taxis (p. 19), o perteneciendo a la inmensa legión de vendedores de ilusiones (tarjetas de crédito, préstamos, pensiones, viajes, etc.). Son éstos los únicos trabajos posibles para la gran mayoría de los que han superado la barrera de los 25 años y por diferentes razones no se han establecido o no les “ha ido bien” (p.22).
En comparación con la mayoría de sus compatriotas, realmente, a Gómez no le va mal, pero no posee ningún tipo de estabilidad y en cambio sí tiene aspiraciones. Los vendedores son material desechable y fácilmente reemplazable con miles de otros que esperan su oportunidad. Lo que sí se les ofrece es “pan y circo”, celebraciones acompañadas de abundante comida y licor para “estimularlos”. Precisamente Sesenta días para abandonar el país empieza con una de estas celebraciones donde el narrador cuenta, en tono burlón, una “original” frase del gerente de ventas: “[…] el hombre decretó que el oficio más antiguo del mundo no era la prostitución sino las ventas, ya que desde el inicio de las culturas siempre hubo mercaderes que vendían o intercambiaban prendas, esencias, telas. Una cagada de discurso, pero todo el mundo lo felicitó” (p.14).
Desde el inicio de la novela, el narrador en primera persona nos permite no sólo compartir sus experiencias sino que también nos deja penetrar en sus más profundos pensamientos y emociones. Sentimos su frustración cuando menciona a su amigo del colegio, el tuerto Álvarez: “Ver al tuerto tan bien vestido inevitablemente me hizo pensar si él veía cómo lucía yo. Miré mi traje del banco y mis zapatos empolvados por andar a pie.” (p.32). Asimismo, nos muestra la discriminación racial y social que aún existen en la sociedad limeña y lo vemos cuando expone el desinterés por un potencial cliente que “no era rubio ni adinerado” (p. 16).
Por otro lado, la narración se desenvuelve con soltura y se torna amena y cautivante, el lenguaje utilizado es accesible y coloquial. Además, la técnica del narrador al describir en forma de diario sus últimos días en Lima y como si fuera esa vida una cuenta regresiva le añaden al relato cierta dosis de emoción y suspenso que mantiene al lector interesado; pero también simboliza una especie de próxima ruptura del cordón umbilical, los últimos días de lo conocido y el inicio de una aventura incierta. Eso hace que Gerardo sea constantemente asaltado por la duda de emigrar o no, que es reforzada por el recuerdo de algunas experiencias fallidas de gente conocida que intentó antes “el sueño americano” pero que no logró alcanzarlo u otras que sí llegaron pero para quienes el sueño se convirtió en pesadilla: “Algunos de ellos han padecido cárcel por ser ilegales y tuvieron que esperar sus juicios de deportación viviendo con un grillete electrónico en el pie con el cual la policía los rastreaba donde quiera que se escondiesen” (p. 57).
Al llegar a la “tierra prometida” la duda, en lugar de despejarse, se acentúa. La inseguridad y la incertidumbre son el pan de cada día: “Es difícil saber lo que me depara el futuro, si triunfaré o me deportarán. No sé si limpiaré baños toda mi vida o un día lograré mi legalidad y un mejor trabajo. […] Ahora sé que los sueños son primos hermanos de las pesadillas.” (p. 110) Peor aún, luego del 11 de septiembre lo abraza el temor de morir en esta tierra, no deseado y alejado de sus seres queridos.
Esta obra semi-biográfica de García Linares nos expone con claridad una serie de situaciones bastante comunes de las sociedades latinoamericanas como la falta de oportunidades, el racismo, las frustraciones, las desigualdades sociales, las relaciones sentimentales y laborales, entre otras, mientras que, por otro lado, sin adornos nos presenta, la verdadera realidad de los inmigrantes latinoamericanos en los Estados Unidos.
Sesenta días para abandonar el país es una lectura imprescindible para entender mejor a Latinoamérica, comprender el afán emigratorio de mucha de su gente, y apreciar su lucha por una vida mejor en un contexto extraño y muchas veces hostil. Mientras tanto, muchos como Gerardo continuarán preguntándose: “¿Qué carajo es realmente el American Dream?” (p. 104)

Miguel Arana
24 de octubre del 2011
Breve biografía
Nacido en Lima, Perú, fue dirigente del movimiento sindical del sector seguros y reaseguros por varios años. Luego fue un empírico maestro de escuela y también recorrió las calles limeñas haciendo taxi y vendiendo ilusiones, como el personaje de Hemil García Linares. Graduado en periodismo por el Santa Barbara City College y en Español por la Universidad de California Santa Barbara; actualmente se desempeña como instructor de español mientras estudia el Master/Phd en Lengua y Literatura Hispánicas en la citada universidad.

La gasolinera en la avenida Suddley
(Fragmento de la novela sesenta días para abandonar el país)


“¿De verdad quieres trabajo extra?”, me preguntó mi primo. “Ándate a la gasolinera de la avenida Suddley. Te dejo allí si quieres”. Yo asentí animado.
Cuando llegué eran las siete de la mañana y al menos unas veinte personas estaban paradas en los alrededores. Jornaleros les llaman a los que se paran en las esquinas a esperar un empleo eventual, que muchas veces son apenas unas horas de trabajo. “Hola, gente, ¿cómo están? Mi primo me dijo que aquí habría chamba”, dije tratando de sonar amigable. “Hola, peruano”, contestó un tipo flaco, bajito y empezó a hablar como limeño. “Oye huevón, ¿qué te pasa huevón? ¿Qué dice la señorita Laura Bozzo?”. Risas alrededor. Forcé una sonrisa y me acerqué. “¿Eres peruano?”, indagué. Él tipo sonrió: “Salvatruco. Purito El Salvador”.
La mañana estaba un poco fría y fui a comprar un café en la gasolinera. Ernesto me aseguró que los subcontratistas llegaban en camionetas buscando obreros. Había que adelantarse y correr porque la gente se podía arremolinar alrededor de cualquier auto que se detuviese. Y así fue. Primero llegaron dos camionetas y ni siquiera pude acercarme.
Di un sorbo al café. Mientras el tráfico se detenía en el semáforo, los conductores desde la Suddley observaban con miradas afligidas. Al rato se acercaron unas ancianas americanas con café y donuts. “Son de la iglesia cristiana que está al frente y a veces traen comida”, me dijo una persona joven. Tomé un donut y un café extra. Casi me atraganto con el donut al ver que se acercaba una camioneta inmensa y corrí para no perder mi oportunidad. Mi sueño americano venia envuelto en una camioneta cuatro por cuatro. Igual llegué a destiempo, pues ya había unas cinco personas delante de la camioneta. Por suerte los tipos de adelante eran de baja estatura y pude meter mi cabeza. El salvadoreño estaba tratando de negociar con el de la camioneta, un señor rubio alto y gordo que hablaba con acento extraño. El salvadoreño no podía hacerse entender. “Peruano, ¿vos podés hablar inglés?”, me preguntó y asentí, y entonces me abrieron paso. El gringo sonaba como salido de una película de cowboys. Con algo de dificultad entendí que pagaría diez dólares por hora trabajada y que necesitaba cuatro personas (you are one of them, dijo). Así que me pidió que escogiera tres, escogí al salvadoreño; este llamó a dos amigos que eran de Honduras o catrachos como ellos mismos se denominan. Subimos a la camioneta del gringo Jeff quien nos llevó por la parte vieja de Manassas. Se detuvo en una tienda a comprar varias botellas de agua. Luego avanzó hasta una avenida grande que decía Prince William. Pregunté adónde íbamos. “To Dale City. It’s fifteen miles away”. Jeff prendió un cigarro.
Llegamos en media hora y nos dirigimos a unas casas que tenían apenas estructuras y columnas terminadas. Había que poner todas las planchas de madera (Playwood). Como nunca he hecho trabajo pesado sufría al cargar dos de esas planchas. Los hondureños y el salvadoreño se ponían al menos cuatro planchas en la espalda. “No seas huevón, peruano” (después supe que ellos le dicen huevón a los que son ociosos). “Al menos hablás inglés”, dijo otro y todos rieron. Estuvimos un par de horas poniendo las planchas en la pared y otras en la parte del techo. “¿Vos sabés usar la pistola?”, dijo el salvadoreño. En el suelo había dos pistolas automáticas para clavar las planchas. “Apachále, así nomás”, sonrió, y al apretar el gatillo tiró un par de clavos que cayeron cerca de mi rodilla. Agarré la otra pistola y le disparé también. Nos reímos.
Así que me puse a clavar las planchas de Playwood, siempre mirando cómo lo hacía el salvadoreño con la otra pistola. A las once de la mañana paramos por diez minutos y bebimos agua. Me moría de hambre. Los centroamericanos tenían pupusas (una masa de harina con queso) que me metí a la boca sin pensarlo dos veces. Este Jeff es buena gente, dijeron ellos, porque normalmente ningún contratista te ofrece ni agua.
Salió un sol tibio y engañoso, de esos que queman la cara pero no calientan y seguimos en el techo clavando las planchas de playwood. Desde lo que sería el segundo piso divisé al menos cien casas similares, todas idénticas, sin terminar y esperándonos. Debería trabajar en esto siempre, pensé.
Trabajamos hasta que no quedó una sola plancha en la camioneta. También usamos las que estaban apostadas en un costado de la casa. Faltaba ahora empezar a poner las tablas y columnas de lo que sería el segundo piso. Las bases del primer piso en unas horas estaban terminadas, listas para ser revestidas y pintadas. Mis compañeros trabajaban a una velocidad increíble.
“Time for lunch”, dijo Jeff, “let’s get some burgers and sodas”, añadió y prendió otro cigarro. “Come with me”, dijo Jeff y me subí a la camioneta. Me sentía como el capataz del grupo, el único que hablaba inglés. Teníamos que comer algo rápidamente y después terminar el segundo piso, dijo. Llegamos a un McDonald’s sobre la avenida Dale Boulevard. Compró seis hamburguesas. Me preguntó si quería una gaseosa. Sí, gracias. Qué bueno este gringo. Salimos del McDonald’s y Jeff enrumbó hacia una gasolinera. Mientras él manejaba yo comía mi hamburguesa. “Cigarretes are bad”, dijo riéndose y me pidió que comprara una cajetilla de Marlboro, mientras él comía su hamburguesa al vuelo. Me alcanzó diez dólares. Qué confiado este gringo que me da dinero sin conocerme. Entré a la tienda. Debían ser ya más de las doce, había una fila de casi seis personas, fui al baño a orinar. Me lavé las manos y volví a la cola para pedir los cigarros. Me acabé el resto de la hamburguesa. Compré los cigarros y salí al estacionamiento. La camioneta no estaba, Jeff tampoco. Miré alrededor creyendo que me había confundido, que quizás Jeff se había estacionado a la derecha y no a la izquierda. Como en cámara lenta recorrí todo el estacionamiento. La puta camioneta no estaba. Esperé diez minutos, veinte, media hora. Quería pensar que Jeff se había olvidado de mí, pero ni el buen Jeff ni su camioneta aparecieron. Abrí la cajetilla de cigarros y prendí uno, estaba en el culo del mundo y ni idea de cómo volver. Tenía siete dólares en el bolsillo. Escupí al suelo con rabia. Vi en la esquina de la gasolinera varios latinos apostados en la berma y de pronto una camioneta se acercó. La gente se arremolinó, quise reírme pero tenía miedo de que la risa me traicionara y se convirtiese en llanto.

martes, 7 de febrero de 2012

ARQUÍLOCO de PAROS

ARQUÍLOCO de PAROS

Soy yo, a la vez, servidor del divino Enialio
y conocedor del amable don de las Musas.

En la lanza tengo mi pan negro, en la lanza
mi vino de Ismaro, y bebo apoyado en mi lanza.

Algún Sayo alardea con mi escudo, arma sin tacha,
que tras un matorral abandoné, a pesar mío.
Puse a salvo mi vida. ¿Qué me importa el tal escudo?
¡Váyase al diantre! Ahora adquiriré otro no peor.
No se van ya a tensar muchos arcos ni frecuentes
hondas, cuando a contienda Ares convoque en el llano.
De espaldas será muy quejumbrosa la tarea.
Que en este género de lucha son muy expertos ellos,
los dueños de Eubea, afamados por sus lanzas.

Anda, con la copa recorre el banco de remeros
de la rauda nave, y destapa las jarras panzudas.
y escancia el vino rojo hasta el fondo de las heces.
Pues no podremos soportar sobrios esta guardia.

Tus fúnebres quejas, Pericles, ningún ciudadano
censurará, ni tampoco la ciudad, entre fiestas.
Tales eran aquéllos que las olas del mar bravío
sepultaron. Hinchados por las penas tenemos
los pulmones. Pero los dioses, amigo mío,
establecieron como medicina para males sin remedio
la firme resignación. Ya uno, ya otro los tiene.
Hoy nos tocó a nosotros, y una sangrienta herida
lloramos. Luego alcanzará a otros.
Con que al punto
resignaos y dejad ese llanto de mujeres.

Todo al hombre, Pericles, se lo dan el Azar y el Destino.

Porque ni llorando remediaré nada, ni nada
empeoraré dándome a placeres y festejos.

No me importan los montones de oro de Crises.
Jamás me dominó la ambición y no anhelo
el poder de los dioses. No codicio una gran tiranía.
Lejos está tal cosa, desde luego, de mis ojos.

Corazón, corazón de irremediables penas agitado,
¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles
el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente
con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,
ni, vencido, te desplomes a sollozar en casa.
En las alegrías alégrate y en los pesares gime
sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.

A los dioses atribúyelo todo. Muchas veces levantan
de las desdichas a los hombres echados sobre el oscuro suelo;
y muchas veces derriban y tumban panza arriba
a quienes caminan erguidos.
Luego hay muchos daños
y uno yerra falto de sustento y en desvarío de mente.

Ningún ciudadano es venerable ni ilustre
cuando ha muerto. El favor de quien vive preferimos
los vivientes. La peor parte siempre toca al muerto.

Ningún suceso hay ya inesperado, ni increíble
ni maravilloso, cuando Zeus, Padre de los Olímpicos,
de un mediodía hizo noche, ocultando la luz
del sol brillante. Húmedo espanto sobrevino a las gentes.
Desde entonces, cualquier cosa resulta creíble y esperable
a los humanos. Ninguno de nosotros se admire al verla.
Ni si las bestias agrestes truecan con los delfines
el pasto marino y tienen por más gratas que la tierra
las olas resonantes del mar, y aquéllos prefieren el monte.

No quiero un general alto y bien plantado
ni ufano en sus bucles y esmerado en afeites.
Por mi, ojalá sea un tipo pequeño y patizambo
que se mantenga firme en sus pies, todo corazón.

Jugueteaba ella con un ramo de mirto
y una linda flor del rosal...
Su melena
le aureolaba de sombra los hombros y la frente.
Tal ansia de amor me envolvió el corazón
y densa niebla derramó sobre mis ojos
robando de mi pecho el suave sentido.

Ojalá pudiera tocar la mano de Neobule...

Padre Licambes, ¿qué es lo que tramaste?
¿Quién perturbó tu entendimiento? Antes
estabas en tus cabales. Pero ahora eres
en la ciudad gran motivo de burla.

Sé sólo una cosa importante: responder
con daños terribles a quien daños me hizo.

sábado, 31 de diciembre de 2011

BLOGGER POR ACCIDENTE. FELIZ 2012

Cuando creé el blog en el diciembre del 2008 tenía la intención de poder mostrar algo de lo que había escrito a algunos familiares y amigos (algunos de ellos escritores, periodistas o ambas cosas a la vez). Mi razón era simple y práctica. Sabiendo lo complicado que resulta mandar papeles y libros por el servicio de correos, decidí optar por lo virtual. Además, anhelaba compartir temas literarios: cuentos, novelas, artículos sobre el arte de escribir.
En menos de seis meses el blog tenía ya mil visitas y emocionado y al borde de las lágrimas quería decir: gracias por visitar mi blog.
Pero algunos temas me lo impidieron: publiqué sin mayores pretensiones y algo de ilusión, Cuentos del Norte, historias del sur en el 2009. Sin saber cómo ni por qué recibí invitaciones para hablar sobre mi primer libro en más de una universidad de Estados Unidos, participé en algún festival literario, publiqué algunos textos en revistas y por ultimo este librito gano un premio literario. La larga lista de escritos rechazados por editoriales merece un post aparte.
En el 2011 la embajada de España en USA tuvo la gentileza de apoyarme para publicar mi segundo libro Sesenta días para abandonar el país, una nivola cualquiera sobre un inmigrante que un día viaja a los Estados Unidos y deja su país escapando casi por la puerta trasera. Este 2011 he viajado un tanto: Richmond, Connecticut, y dos veces en Perú con algunos incovenientes: un día varado en Chicago y once horas en Bogotá.
2011 dirigí algunos talleres de cuento. Uno de ellos en el Centro Cultural España de Lima.
He escrito un guion de cine por encargo y manera de terapia porque estuve cerca de cinco meses sin poder escribir nada (nada que valga la pena).
Las revistas Ventana Abierta, Baquiana y Aurora Boreal publicaron cuentos y fragmentos de mi novela. Les agradezco mucho a sus editores.
Recuerdo que en el 2009 un amigo que ya dejó de escribir o al menos ya no quiere ser escritor publicado me mencionaba que yo había tenido mucha, pero mucha suerte.
Con los cuarenta años que tengo puedo confirmar y refrendar con mi firma que la suerte no existe. La suerte es el consuelo o la excusa del tonto. A la suerte una debe tomarla como al toro, con firmeza y de las astas.
Yo no creo en la suerte ni en la inspiración, para mi estas no existen. Escribir es como cualquier otra disciplina. Un fisicoculturista no se inspira y le salen músculos. No, entrena y entrena, se alimenta bien. Un ingeniero no se inspira porque sí y construye un camino. No, primero lo diseña y luego lo ejecuta.
Un libro no se inscribe con inspiración, sino con disciplina. Un manuscrito se logra sentándose a escribir cada noche o cada fin de semana mientras otros se divierten. Toca escribir, corregir, editar y botar muchos papeles. Pueden haber compañeros cómplices mientras se escribe: un café, una copa de vida, un cigarrillo, una cerveza.
Escribir es un trabajo de obrero y por tanto la paga es mala y a veces nula. Ya lo había dicho el gran Gabo en su artículo Todo cuento es cuento chino: “Escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento es vaciar en concreto. No sé de quién es esa frase certera. La he escuchado y repetido desde hace tanto tiempo sin que nadie la reclame, que a lo mejor termino creyendo que es mía”.
Desde el 2000 cuando llegue aquí, empecé una lucha por hallarme y descubrir qué quería hacer de mi vida. Creo que los genios se descubren así mismos desde pequeños y saben desde siempre lo que quieren. A mí me ha tomado casi cuarenta años descubrirme.
Cuando Vargas Llosa obtuvo el Nobel de literatura mencionó cómo descubrió inconscientemente su vocación: “La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final.
Asimismo ratifico que escribir no es fácil como se piensa: No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma –la escritura y la estructura– lo que engrandece o empobrece los temas”.
En el 2006 yo deliraba por momentos en vivir al máximo el American Dream. Ese año una revista de finanzas me entrevistó mostrándome como a un latino pujante que empezaba a saborear el éxito del American Dream porque yo era el dueño de una revista llamada Raíces Latinas. Cegado por los cien flashes que la fotógrafa americana me disparó, me imaginé un día conduciendo un auto lujoso.
Desde el 2007 y hasta la fecha, la recesión alarmante hizo que muchos inmigrantes perdieran autos, casas y también sus sueños. Como un ladrón invisible, la recesión arrebataba los sueños de millones.
Intuyendo lo grave de la recesión, responsablemente Kathya (mi esposa) y yo decidimos cerrar la revista de corte familiar. Muy a pesar que nuestra propuesta era más rica frente a otras que mostraban a latinas en hilos dentales y usaban un español deformado por anglicismos, igual nos vimos forzados a dar un paso al costado.
La recesión casi nos arrebató nuestra casa y con ellos once años de trabajo.
Imagino que dirán también que tuve suerte, pero yo creo que fue nuestra tenacidad y también ser metódico lo que nos permitió sobrevivir al desempleo que afronté por cerca de tres meses. ¡Desempleado en un país extranjero! Desempleado hablando dos idiomas, siendo residente permanente, con estudios en Perú y en Estados Unidos y con experiencia laboral de casi quince años. En el 2006 salí en la portada de una revista de finanzas y en el 2008 recibía con justicia y gracias a los impuestos que pago, un cheque que me permitía sobrevivir. Mientras, el entonces candidato Obama decía que aplicaría impuestos a las empresas y éstas no contrataban a nadie. Y cuando Obama ganó, pues con menos razón podía obtener un trabajo: Hemil, si Obama crea más impuestos para los pequeños empresarios, cerraré mi negocio.
Gente que en el 2006 me ofrecía trabajos cada vez que los visitaba como vendedor de publicidad de mi pequeña revista, ahora me decían por teléfono: I am really sorry. No tengo trabajo que ofrecerte.
A veces contemplaba regresar a mi país pero al ver lo feliz que mi hija era en esta, su patria, yo reformulaba todo de nuevo: ¿qué haríamos mi esposa y yo en Perú? ¿Con mis 38 años será fácil hallar un trabajo? ¿Será feliz mi hija como lo es aquí? ¿Alejarla de sus amigos y su entorno será lo mejor? ¿Quiero que ella se vuelva inmigrante a tan corta edad? ¿Acaso a sus escasos tres años ella entiende la palabra recesión? ¿Qué hago con la casa que compré y que nadie en ésta recesión va a querer comprarme?
Mientras mi esposa y yo hablamos de la recesión, mi hija comía sus espaguetis en salsa roja y decía: yummy tummy (pancita satisfecha) y pedía un poco de helado o más jugo de manzana.
Uno, con el paso del tiempo empieza a comprender que se es del lugar donde se habita o en el camino uno se vuelva algo apátrida sin querer queriendo. Y por eso no he vuelto a casa y quizás un día me marche a otra ciudad u otro país para poder ver otro mar, otro cielo, otro atardecer.
Vivir fuera sin duda cambia la visión que uno tiene del mundo y también de la propia patria. Se le ama más a la distancia, creo, porque no se la tiene cerca; creo que uno es menos ciego y ve asimismo ya con aire más neutral aquellos lastres que no nos permiten despegar y que a veces validamos o justificamos de manera inconsciente.
Luego de once años fuera, también el deslumbramiento del auto nuevo, la casa, y las comodidades propias del primer mundo te importan menos(al menos a mí).
Como todo inmigrante, al venir aquí pensé que me haría rico o al menos que amasaría algo de fortuna para abrir un negocio. Quería olvidarme que en algún momento había tenido afiebrados afanes de ser escritor.
Aquí viene a colación algo de la novela Niebla de Miguel de Unamuno y Jugo donde indirectamente se evoca a la escolástica clásica (Tomás de Aquino) "Nihil volitum quin praecognitum"(Nada es deseado sin ser antes conocido). El ingenioso Unamuno invierte los términos y dice "Nihil cognitum quin praevolitum" (Nada es conocido sin ser antes deseado). Para Unamuno el hombre no es un animal racional sino un ser anhelante, un animal angustiado.
Once años después, ya no recuerdo muy bien qué tipo de negocio quería hacer o para qué vine a Estados Unidos. Me pregunto si de algún modo yo había deseado esto: vivir fuera del lugar donde nací.
En lo que me siento afortunado es que luego de once años sigo casado. Tengo dos hijas preciosas y una nieta preciosa también. Me rodeo de familia y amigos que han sabido lidiar con mis limitaciones y errores para comunicarme y entender este mundo “moderno” donde hay treinta millones de seres humanos en situación de esclavitud. Este mundo donde los hombres, seres pensantes, se matan a balazos y machetazos, por cuestiones religiosas. Por mera fe en Dios.
Mi buena estrella
A esta buena estrella de haber publicados dos libritos, le sumo que el blog que creé en el 2008 tiene hoy 22,000 visitas. Gracias a los cibernautas (estudiantes, colegas, y profesores de español interesados en el tema de inmigración) por visitar la página y por sus comentarios. Sé que han visitado el blog desde alejados como Ucrania, Rusia, Eslovenia, Holanda. Los visitantes del blog son en su mayoría de USA, México, Perú, España y Argentina. En ese orden. El blog que leen surge apenas como un accidente pero no por ello debe dejar de agradecerles su visita.
Dicen que a fin año uno suele hacer un balance o planear lo que hará el próximo.
Yo he decido a los cuarenta años volver a las aulas para hacer una maestría en Literatura y quizás esto me impida postear con más frecuencia y escribir. También sueño con publicar una antología que agrupe autores inmigrantes que al no ser de aquí ni de allá muestran historias y experiencias diferentes.
He descubierto con el paso del tiempo que mis sueños no son producto de la casualidad, quizás de la constancia o de lo que otros llaman “suerte” o de asumir o querer hacer realidad lo que antes no me atrevía a hacer: mostrar (como hago ahora) lo que escribo.

Un abrazo y feliz año a todos.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Hemil García en Aquinas College en Michigan. Conversatorio sobre libro Cuentos del Norte, historias del Sur (vía Skype)

Hemil García en Aquinas College en Michigan. Conversatorio sobre libro Cuentos del Norte, historias del Sur (vía Skype)

Stéphane Bedere, catedrático de Español y Francés de la facultad de Lenguas Romances de Aquinas College, me hizo un gentil invitación para visitarlo este semana y poder charlar con sus alumnos.

Pese al gran esfuerzo del buen Stéphane la visita no se pudo concretar y con ello la charla presencial.

Sin embargo, de buen agrado hemos acordado hacer la charla de manera virtual vía Skype.

Así que hoy a las 4.30 PM me “presento” en Aquinas College o los alumnos de Aquinas College se “presentan” en mi casa.

Los cuentos sobre los cuales tendremos una charla son: El Huracán, El Héroe, y Cabecita de Papaya.

La problemática de inmigración: explotación, denigración y la guerra de Irak que principalmente abordo en el cuento.

Hoy voy a salir temprano del trabajo para preparar café en casa y conversar con los alumnos y mi amigo Stephane. Aunque soy reacio a este mundo tecnológico debo reconocer que vías como Skype puede “unir” personas que están en lados opuestos del planeta.

He preparado unas dos preguntas a manera de trivia sobre autores latinos y así hacer entretenida la charla.

Gracias a mon ami Stéphane y sus alumnos por permitirme estar en su clase.

Espero poder visitar Michigan el próximo año y también a los alumnos de Grand Valley State University y a la poeta y amiga Natalia Gómez, catedrática de esa casa de estudios.

Hemil

miércoles, 23 de noviembre de 2011

NIEBLA DE MIGUEL DE UNAMUNO



Sin mencionamos el nombre de Don Miguel de Unamuno y Jugo, imperiosamente tenemos que citar su novela Niebla o Nivola.Se dice que esta es una de las primeras novelas modernas de España y una de las obras representativas del autor vasco y de la Generación del 98’. Niebla deja “atrás” el Romanticismo, Naturalismo, y Costumbrismo que representan, según Unamuno, lo decimonónico.
Germán Gullón Catedrático de la Universidad de California dice que esta novela en su momento era considerada inclasificable en cuanto a género y que recién en el 60’ con el auge de la novela experimental la obra unamuniana cobra auge es valorado en su real dimensión.
El personaje principal Augusto Pérez enfrenta eventos que lo “torturan”: soledad y desamor. Empero, su personaje Augusto Pérez no cae en la contemplación, el derrotismo, ni el pesimismo de personajes de novelas naturalista o costumbristas resignadas por el infortunio; por el contrario, Pérez se enfrenta incluso a su destino: tratar de conquistar y aceptar sufrir por el amor de la pianista Eugenia del Arco que tiene ojos solamente para Mauricio, una eminencia en el arte de la holgazanería.
Sin embargo, Eugenia o el destino caprichoso se encarga que las vidas de Mauricio, Augusto y la suya tengan un extraño desenlace donde la fatalidad (un tema que Unamuno toca hondamente en más de un libro) está presente.
La fatalidad presentada por Unamuno no es ramplona si facilista sino que representa un verdadero juego de ficción donde el narrador omnisciente es tan intrusivo que se mete de lleno en la novela al punto de tener una acalorada discusión con Pérez que no sucumbe ante la opulencia del narrador-dios y se le enfrenta.
- No sea mi querido Don Miguel que sea usted y no yo el ente de ficción.
Augusto Pérez asimismo no cae en una reflexión pasiva ante la vida sino que asume El Sentimiento Trágico de la vida y la hace suyo.
“Los verdaderos hombres no sucumbimos a las grandes penas ni a las grandes alegrías, y es porque esas penas y esas alegrías vienen embozadas en una niebla de pequeños incidentes.”
Unamuno en esta novela sin duda muestra sus propias inquietudes filosóficas ante lo divino pues Don Miguel es el narrador-dios que sojuzga a Pérez es un ser humano torturado. Otro aspecto resaltante del personaje Augusto es que este desea escribir a la cual llamará Nivola y en la cual no hay un orden aristotélico de inicio, medio y final ni convenciones clásicas en la cual el personajes hasta puede tener una dialogo con su mascota si así lo desea.
Tenemos ante nosotros un personaje como Pérez que es burlón y que asimismo cumple con la función de mostrar el concepto unamuniano de la novela moderna.
Una buena novela, me dijo un escritor norteamericano y ex profesor mío, “es aquella que es character- driven y no plot- driven. En buen español “conducida por el personaje y no la trama”.
Qué duda cabe que en la Nivola de Unamuno es Pérez quien “arrastra” al mismo Unamuno y al lector en un insondable abismo: la vida que es una Niebla, una nebulosa.
Un dato curioso de Niebla. Unamuno cae en un error sobre fechas respecto a la muerte de la madre de Pérez. Pese a ello, es una gran novela y un dato así no enloda un trabajo auténtico y responde al estilo del autor para escribir: de corrido.
Haciendo un paralelo, los diálogos filosóficos entre Augusto Pérez y su amigo Víctor sobre la existencia hacen recordar a personajes de Baroja como Andrés Hurtado del El Árbol de La Ciencia. Hurtado tiene discursos filosóficos con Iturrioz quien lo instruye y a veces protege.
Habría entonces una constante en estas novelas del 98 tanto en Unamuno como en Baroja: un amor, una tragedia, un amistad y ante todo la cuestión filosófica antes el “misterio” de la vida y sus intricados caminos.
La obra de Unamuno es compleja y Niebla al igual como su obra Abel Sánchez, no fueron tomadas de manera muy receptiva en su momento.
Respecto a la novela, la contraportada de editorial Espasa Calpe dice:
Esta obra de Miguel de Unamuno es uno de los ejemplos clásicos más eminente de la novela moderna. La ficción deja de ser un puro vehicula narrativo, transmisor de historias, para convertirse en universo textual de fecundas sugerencias. El titulo, NIEBLA, expresa con claridad el propósito novelesco de desdibujar lo visible y materializar, en cambio, lo impalpable. En ese ambiente vemos a un hombre existencialmente frustrado, Augusto Pérez, sobre cuya muerte nos veremos obligados a pronunciarnos.
(Germán Gullón)