miércoles, 18 de enero de 2017

El huracán y El héroe cuentos de Hemil Garcia Cuentos del Norte, Historias del Sur






De mi libro Cuentos del Norte, Historias del Sur  quedan en mi poder cuatro y cinco copias y finalmente el 2017 será reeditado en Estados Unidos. Publico aquí dos cuentos de esa primera edición ya que amigos desde Perú me lo han pedido. 
Un abrazo,

Hemil

El Huracán



Todo lo que se hace por amor
se hace más allá del bien y del mal
Friedrich Nietzsche



      “¿Can we stay here?”, preguntó el niño y Magda por primera vez no supo qué decir. Respiró hondo y fumó lo que quedaba del cigarrillo. Miró al pequeño. Sus ojos caramelo esperaban respuesta. Puso la colilla en el cenicero y sentó al niño en sus piernas mientras el humo del cigarrillo dibujaba  arabescos en la habitación.
      “No podemos quedarnos aquí. Tenemos que viajar, mi rey”, dijo su madre y lo besó. No le mentía. Ellos debían mudarse cada dos meses. Magda ―ya acostumbrada a la rutina ―se alistaba para tomar un baño mientras Bobby ―su hijo ―lidiaba con su pequeña vida errante provisto de un videojuego que llevaba consigo por todo Virginia. Llevaban casi tres años viajando. Caras nuevas, siempre extrañas y detestables que aparecían y se esfumaban rápidamente, como los autos que transitaban en Arlington Boulevard. La avenida extensa y ajena cobijaba restaurantes latinos, lavanderías y tiendas de alimentos, y a su alrededor, sud y centroamericanos ―cigarrillo en mano ―conversaban mientras esperaban que algún contratista les ofreciera trabajo aunque sea por unas horas.
     La habitación del tercer piso donde viven tiene un olor eterno a tabaco impregnado desde siempre; un hedor rancio como si el cuarto ―el edificio entero ―hubiese sido construido por fumadores quienes adrede dejaron las colillas dentro de las frágiles paredes de madera prensada. “¿Puedo prender my videogame, mommy?”, dijo Bobby y Magda asintió con la mirada. “Tengo que tomar un baño, mi rey”, dijo ella. Se dirigió al baño y dejó la puerta entreabierta. Frente al espejo miró su rostro de treinta años ¿o son treinta y tres, Magda? ¿Importa acaso? Se quitó el pijama y su piel canela, aún tersa, afloró inundando las paredes amarillas del baño. En su rostro cansado resaltaban vívidos sus ojos verde mar caribeño, un mar templado y transparente que en ocasiones puede tornarse salvaje e impredecible como un huracán, porque ella sabe ―aunque no lo quiera reconocer ―que lleva un huracán dentro.
     Magda abrió la llave de la ducha  y el agua tibia bañó su piel. Deslizó el jabón por sus brazos, espalda, y buscó luego los pechos generosos, se entretuvo y bajó lentamente hacia el vientre terso, hacia su sexo; recorrió sus muslos y  pantorrillas y finalmente se inclinó para acariciar sus pies con el jabón. “Me caigo de sueño”, pensó.
     Recordó que su hermano le había ofrecido darle trabajo en su bodega allá en Guatemala y que no se  preocupara por nada. “Una ayuda extra no caería nada mal ahora”, caviló. Qué diferencia hacía cinco años cuando llegó a Estados Unidos con tantas ilusiones. Estaba trabajando en un restaurant de comida mexicana como mesera y sacaba muy buenas propinas. Al cumplir un año en el trabajo conoció a José Ramón, un mexicano trabajador y bien parecido que la enamoró hasta que ella dijo sí. Y tontamente (piensa ahora) perdió la cabeza y se distrajo: que vámonos al baile, Magda, que vámonos de paseo a la playa, princesa. Y todo era baile, paseo y felicidad hasta que se embarazó. Cuando se lo dijo, José Ramón se mostró alegre y fueron juntos a la primera cita médica. Y después, a la siguiente semana: la tierra, la migración, el destino, Dios, el diablo o el chupacabras se tragó a José Ramón porque nunca más apareció.
     El embarazo fue complicado y Magda debió dejar el trabajo en el restaurant y de allí la vida dio un giro de 360 grados. “¿Y ahora a qué te dedicas?”, le preguntó su hermano cierta vez y ella simplemente le contestó, “Soy independiente. Me dedico a las ventas”.
     Ahora el panorama no podía ser peor, ¿o sí? Si pudiese volver a casa con dinero. Siempre el pinche dinero. Si lo tuviera mandaba a todos pal carajo. Qué flojera, tengo que apurarme con la ducha. ¿Y si le hiciera caso a mi hermano?, tal vez me iría mejor allá. Pero mi niño es el problema ¿Se acostumbrará? Tiene que practicar su español, y lo más difícil será lo de la comida “Mommy, no me gustan frejoles”, dice y no quiere comer, pero cómo devora los chicken nuggets. Lindo mi bebe con su nintendo “¿Por qué no tenemos casa, Mommy?” me dijo el otro día y me agarró sorprendida. “Tendremos una casa linda”, le digo. “¿Cuándo?, preguntó él. Le contesté que algún día y cambié la conversación y le pregunté si le gustaría ir a Guatemala a conocer a sus abuelos y dice que sí ― qué vivos son los niños ―pero sólo si allá vamos a tener casa. Le dije que sí, que la casa de los abuelos es grande y es nuestra también y  que iremos a la playa y cuando nos sentemos en la orilla no nos iremos de allí jamás y…
     Casi terminaba de bañarse  cuando sonó el timbre. “Mommy, the bell is ringing”, dijo Bobby, y Magda  se enjuagó como pudo y  cerró la llave de la ducha. Cogió la primera toalla que encontró a mano y  recogió su cabello en coleta. Se puso una bata fucsia y salió del baño.
     ― ¿Quién es, Mommy? ―preguntó el niño sin dejar de jugar con el videojuego.
     ―No sé, mi rey. Voy a ver ―contestó ella, dirigiéndose a la puerta. Había un hombre extraño al frente. Ella lo miró levantando una ceja y luego de hacerle una seña cerró la puerta. “Bobby, mi rey, anda un rato donde tu tía Sandra, y luego te recojo, ¿Ok baby?”, dijo Magda y  desconectó el videojuego. Lo puso en una bolsa junto con un paquete de galletas que estaba en la mesa de noche. El niño salió de la habitación con la bolsa en la mano y tocó la puerta del costado. A los segundos salió una mujer de cabellos desgreñados, shorts rojos, y en brasiere, y al mirarse con Magda se entendieron sin hablar. No bien el niño traspasó la puerta contigua Magda volvió a la suyo.
“Pasa, cariño”, dijo Magda al extraño que esperaba afuera y cerró la puerta. Apenas esbozó una sonrisa metálica al quitarse la bata y se recostó en la cama, desnuda y perdida porque sabía que el huracán que llevaba dentro ―aunque ella no lo quisiera ― saldría a flote una vez más para azotar las sábanas.

El Héroe



“Cuando los ricos se hacen la guerra,
son los pobres los  que mueren”
Jean Paul Sartre



     Rubén González cogió la medalla que recibió en la guerra y sintió que pesaba. En la pared de su sala colgaba una foto tomada en Irak donde aparecía con algunos compañeros de su pelotón: Collins, García y Maestri. De esos tres sólo quedaban vivos García y él. Collins murió descuartizado por una granada y Maestri, pobre Maestri. Había muerto tan indignamente ―según él ―de un balazo en el trasero.
      “Tú tienes la culpa”, gritó Rubén mirando su medalla y la arrojó al piso. Con excepción de la foto en de Irak, no habían más cuadros en las paredes ni ningún otro adorno. Su casa en los suburbios de Fairfax se asemejaba a una catedral vieja y derruida que ya no lo resguardaba de los recuerdos de la guerra, de las granadas, de la sangre.
     Es de noche y ―como cada viernes ―escucha los gemidos de su divorciada vecina con algún amante furtivo. Mañana ―como cada vez que recibe visitas ―su vecina se levantará  de buen humor a regar sus plantas. Hasta hace un año Rubén conocía también las caricias tibias de una mujer: Natalie, su entrañable Natalie. Se conocieron en la Universidad de Virginia y se llevaban de maravilla. Primeros fueron simples compañeros de grupo de estudio y después buenos amigos. Salían en grupo a los bares de Charlottesville donde quedaba el Campus, también visitaban los viñedos y asistían a conciertos de jazz y de rock. Charlottesville, una hermosa ciudad en medio del campo, ofrecía actividades artísticas interesantes por lo que Rubén, Natalie y sus compañeros siempre encontraban en qué divertirse.
     Rubén la invitó a cenar una tarde de  otoño, soleada y con un cielo azul intenso. Aquella tarde él por primera vez acarició sus manos y aunque tuvo un temor inicial durante la cena, todo transcurrió a la perfección: la comida, el vino, el postre. Antes de ocultarse el sol, justo cuando este se torna violáceo como una orquídea asustada, Rubén le propuso a Natalie ser novios y a partir de allí se hicieron inseparables.
     Rubén era un chico educado y  tímido, sin  embargo parecía estar seguro de lo que quería: graduarse de ingeniero igual que su padre, que había estudiado esa carrera en Perú. Rubén conocía Perú sólo por postales y fotos que sus padres guardaban como un tesoro en un álbum donde familiares y lugares como Machu Picchu, la líneas de Nazca y las playas del sur de Lima cohabitaban armoniosamente. Tenía todas las intenciones de terminar la carrera de ingeniería pero albergaba también un deseo: servir a su patria, los Estados Unidos; la tierra que acogió a sus padres en los 90’s. En aquellos años la madre de Rubén era enfermera de la policía y amaba su carrera; pero un ataque terrorista al policlínico donde trabajaba dejó traumas que determinaron su retiro voluntario. Al no tener trabajo (su esposo era Taxista) y con el shock económico de entonces, los Gonzáles enrumbaron para los Estados Unidos.
     Los padres de Rubén ―y Natalie también ―se sorprendieron cuando él mencionó su deseo de enrolarse en el ejército, pero respetaron su decisión. Su nombre salió en la lista para ser enviado a Irak. “Natalie, volveré pronto”, le dijo. Ella llorosa le contestó que esperaría por él. Acordaron casarse a su retorno y comprar un condominio con el dinero que le daría el ejército.
     Después de cuatro semanas de entrenamiento intenso llegó a Irak, una ciudad tan caliente como un horno en verano. En el campo de batalla las balas de las ametralladoras enemigas silbaban en el aire. La cautela no era una recomendación sino una necesidad para mantenerse vivo. Lo aprendió de golpe cuando vio que un niño pedía comida al soldado Powell, el recién llegado de Connecticut. Powell se conmovió, llevó al niño a su tanque, y cuando estaban cerca, BUMMMMMM se escuchó alrededor. Powell voló en pedacitos por cien metros a la redonda. Del niño―bomba apenas encontraron un zapato y algo que parecía ser un brazo.
     Dos semanas después de la muerte de Powell, Rubén fue herido en las piernas en una emboscada fuera de la ciudad de Bagdad. Sobrevivió gracias a su pelotón que lo rescató de la zona de fuego y lo cargó en medio de un enjambre de balas enemigas. Dos días después estaba fuera de peligro y lo llevaron de vuelta a casa. Estuvo internado un mes en un hospital militar de Bethesda y posteriormente fue derivado a un hospital mental. Tenía pesadillas con el niño―bomba que mató a Powell. La escena se repetía invariable: Powell gritaba despedazándose y el niño―bomba reía.
     Natalie estuvo con Rubén apoyándolo por meses pero él no era el mismo. “Agáchate”, decía él en las madrugadas mientras arrojaba a Natalie de la cama, “no te pares”, gritaba, y después, cuando comprendía  que estaba en su habitación, caía al suelo y empezaba a temblar sin consuelo. “Pobre Powell, pobre Powell”, repetía, y Natalie lo abrazaba.
     “Debes tomar Prozac diariamente para evitar la depresión”, le recomendó su psiquiatra. Y Rubén tomó las pastillas pero éstas lo envolvieron en pesadillas mayores en las que él caminaba sin piernas perseguido por  tropas enemigas mientras su pelotón se replegaba sin saber que él había quedado atrapado en las huestes rivales. “No me dejen, no me dejen, por amor de Dios, auxilio, auxilio” gritaba hasta despertar y luego el terror de sentirse perdido era peor. Y después, el pánico de Natalie que no comía y se enfermaba del estómago presa de los nervios. De allí la charla de consejería y después seguir en una relación que no era una relación, donde la intimidad ya no existía. Rubén dormía con una pistola en la mesa de noche y sus botas militares permanecían siempre al pie de la cama.  Natalie huyó un día que Rubén la abofeteó en un ataque de pánico. Ella se mudó a Santa Fe con sus padres y le escribió una carta pidiéndole perdón: “Lo siento, no puedo más, en verdad lo siento.”

     Las noches son frías en Virginia y más aún en la habitación de Rubén. Apenas encuentra consuelo en las iglesias que visita los domingos. Reza y pide a Dios, necesita casi una fe santa para sanarse, a veces cree que Dios realmente lo escucha; pero al final siempre termina buscando una chica que se parezca a Natalie, la sigue hasta el estacionamiento y cautelosamente toma fotos de ella. Anota la placa de su auto, la sigue hasta su casa y después retorna a la suya. Se acomoda en su escritorio y escribe nombres ficticios en un block, imprime las fotos de las chicas y a cada  una le asigna un nombre, llora mientras se aferra a su pistola; mira la medalla. “Tú tienes la culpa”, grita y apaga la luz, y tiembla desconsolado porque sabe que en algún momento jalará del gatillo.

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